Yo dije:
¡No mueras alma mía!
No me escuchó
murió de pena.
Era invierno,
hacía frio.
No deseaba ya la vida
esta pobre alma mía.
Rezando se fue el cortejo
por el camino al olvido.
No llovió esa tarde
por la oscura calle vacía.
Allí dejaron mis huesos
sobre la loza fría.
Nadie miró mi rostro.
Olvidaron escribir mi nombre.
Una que algún día existió
dejo de ser la que era.
Sola me abandonaron
en mortaja de silencio.
Más yo dije:
¡No mueras alma mía!
No me escuchó
murió de pena.
Floreceran en primavera
los lirios.
Y trepará la hiedra
por la calle silenciosa
donde yace muerta
el alma mía.
Nunca más será verano
en el pobre pueblo mió.
Ese que me abandonó
a mi suerte,
allá en el viejo cementerio
y hechó tierra seca
sobre mis desnudos huesos.
Solo la muerte
puede silenciar
a una que clama y vive.
Solo lo muertos sepultan a sus muertos.
Los sobrevivientes agitan ramas.
Más yo dije:
¡No mueras alma mía!
No me escuchó
murió de pena.
Mary Patricia Oyarce M.
17-6- 08.-
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